martes, 8 de junio de 1976

El Estado Dominicano, 1844-1979 (Elementos Teóricos para su estudio)

A C A D E M I A D E C I E N C I A S D E L A
R E P U B L I C A D O M I N I C A N A

ANUARIO
Año 2 – Número 2 – 1976

El
Estado Dominicano, 1844-1979
(Elementos Teóricos para su estudio)
MARIO BONETTI



A) Justificación de Este Estudio

Al considerar que en la sociedad europea del pasado, suelo original donde crecieron primeramente las teorías y doctrinas sociales tenidas en América por importantes, lo que se ha llamado la sociedad civil (“societé civile” de los pensadores de la Revolución Francesa; “Die Bürgerliche Gesellschaft” de Hegel) fue la matriz que procreó el Estado moderno, manteniendo éste, a partir de entonces, una relación de subordinación hacia aquella; llama entonces la atención que en la sociedad dominicana la tendencia general observada en el nuevo mundo a invertirse el contenido de instituciones importadas de Europa, produjo un fenómeno inverso a aquél en la relación entre la sociedad y el Estado dominicanos.

Hay tres razones que a nuestro juicio justifican el estudio del Estado dominicano y a la vez son indicadores de su utilidad. Esas tres razones, que coinciden con aspiraciones del pueblo dominicano, son:
1. La frustración de la aspiración colectiva de la democracia, justicia social e individual, del progreso y mejoramiento de las principales instituciones de la sociedad, como la familia, educación y salud, artes y cultura en general en el grado propio de la sociedad moderna.
2. La otra aspiración, no menos importante, de la sociedad civil de asumir el gobierno de su propia vida.
Estas dos aspiraciones han sido frustradas debido principalmente a
3. La dependencia en que se encuentra la sociedad civil con relación al Estado.

Cuando la historiografía criolla acepte que es de importancia tematizar históricamente las aspiraciones en la colectividad hacia mejores condiciones de vida; es decir, cuando se haga la historia del ideal de la democracia y de las correspondientes aspiraciones de igualdad en Santo Domingo, en lugar de la historia de los grandes sucesos políticos y sociales, se le dará la atención que merece a la relación propia del Estado y la sociedad civil en Santo Domingo.

El tipo de relación que los caracteriza a ambos, el Estado y la sociedad, y que es consecuencia de la naturaleza de la totalidad criolla, es lo que da cuenta del por qué no ha sido posible todavía que estas aspiraciones se hagan realidad. Me explico: del conocimiento de la naturaleza del Estado dominicano se deriva lo que viene siendo la razón, utilidad, y la justificación de un estudio como el que realizamos aquí. En efecto, un estudio cuidadosos de la estructura caudillista del Estado dominicano hará manifiesto por qué los dos intereses de la colectividad dominicana que señalé más arriba fueron continuamente frustrados durante los últimos 130 años. El progreso educativo y moral, así como el progreso de las aspiraciones democráticas en el orden político, ha sido la más poderosa motivación de la acción colectiva de la humanidad en los últimos 150 años. Las guerras de Independencia de los pueblos americanos son sólo un indicador de esa tendencia de la última centuria, como lo son también, y en su máxima expresión, las revoluciones socialistas del siglo XX. El análisis de la totalidad social dominicana, única vía para responder a la pregunta por el fracaso en Santo Domingo de ese movimiento mundial, tiene su estación principal en el análisis del Estado y de su relación con la sociedad civil desde 1844 hasta 1974. * La comprensión de este hecho real es completamente evidente en el análisis de los regímenes políticos que han gobernado el país de 1899 al 1887, del 1848 al 1844 y del 1930 al 1974. De suerte que para comprender las afirmaciones hechas antes (1- y 2-) se haría bien en tomar estos regímenes como ilustración y como ejemplo de la minoría de edad de la sociedad dominicana frente al Estado, determinado claramente en el transcurso del estudio qué importancia o en qué medida la naturaleza caudillista del Estado contribuyó al advenimiento y a la permanencia de dichos regímenes despóticos. Luego podría deducirse de ese cuasi-modelo de autoritarismo en el malogramiento de la vigencia de los derechos civiles durante los períodos de administraciones “fuertes” o no-democráticas.

Véase: de la Corona Española heredaron los “dominicanos” un organismo social en el cual el miembro más desarrollado era el Estado. Además de ser la fuerza política más sólida era la fuente de recursos financieros más estables, si no la única en ciertos períodos. Esto indica que en Santo Domingo lo que en otras sociedades se llamó la “sociedad civil” permaneció, expresado en términos evolucionistas, en la situación de un órgano subdesarrollado, medido con los parámetros del poder político y económico que se formó en Dominicana entre 1844 y 1971.

Con la realidad del Estado todopoderoso se conjugaba la otra herencia de no menor importancia de la cultura del clientelismo, vale decir, de la lealtad a personas y no a instituciones o al derecho. Una vez dadas estas magnitudes las probabilidades del advenimiento de un gobierno dictatorial son las mismas que una tabla de relaciones probabilísticas nos indicará que existen de que se produzca un incendio cuando frente a un objeto inflamable se encuentre un cuerpo ígneo que emita constantemente pavesas al aire. Es cierto que la democracia social y económica es expresión de la situación económica y de la naturaleza de las clases sociales que soportan el sistema de que se trata. Pero la democracia política y el respeto a la ley como la observancia de los derechos humanos son metas alcanzables a pesar de una estructura clasista y de atraso económico. Hay muchos países de esas condiciones económicas y sociales que han podido alcanzar dichas metas.

La recurrencia a la estructura económica y subdesarrollada y a la composición clasista de tal o cual naturaleza explica en términos generales el fracaso de la democracia social; pero no explica el fracaso de la vigencia de la carta magna como regulador real de la cosa pública, de los derechos civiles y humanos, vale decir, de la democracia política. La explicación del fracaso de un régimen de tolerancia y de respeto a la Constitución en la historia dominicana conduce directamente a la explicación de la naturaleza del Estado dominicano, en la cual se la ha de dar importancia al hecho de que la institución militar o el brazo armado del Estado ha sido, a partir de las invasiones haitianas, la institución que mayor desarrollo alcanzó en el ámbito de la sociedad.

Otra característica singularizante del Estado dominicano, y considerada por nosotros esencial, es la dependencia vital de amplios sectores de la sociedad civil de aquél; lo cual, unido al problema de la capacidad de represión militar, crea las condiciones para el dominio de la sociedad civil por parte del aparato político-militar.

Ahora bien, un estudio cuidadoso de la sociedad dominicana en el pasado y el presente demuestra que la recurrencia a los factores antes citados no es suficiente para explicar cabalmente este suceso. Es necesario apelar a la cultura. Uno podría decir, a un nivel general, que la convivencia democrática no significa solamente la existencia de codificaciones legales que la prescriben, sino ante todo una constitución mental y hábitos de vida colectiva de una comunidad; y decir también que a esta zarandeada sociedad no llegó esa constitución mental, como de la misma manera no llegó tampoco, por eje. el talante anímico del calvinismo o ciertos refinamientos del gusto artístico colectivo conocidos en otras sociedades. Y también se podría decir, con mucha razón por cierto, que la mayoría de los dominicanos no ha alcanzado todavía un grado de civilización individual o colectiva que los equipare a otros pueblos de su misma herencia colonial y que capacita para garantizar la observancia de los principios de la democracia.

Pero esa explicación sería a su vez insuficiente. No debemos caer en el error de algunos autores de tratar de explicar un suceso apelando a la no-existencia de tales o cuales factores. Los sucesos deben ser explicados por los agentes activos que realmente contribuyen a su advenimiento. Hay que investigar lo que existió, no lo que no fue pero debió haber sido.

Es necesario, entonces, conocer también la cultura del Estado Dominicano para entender la alta frecuencia de gobiernos dictatoriales.

B) Propósitos y Definiciones
Los elementos teóricos que aquí sometemos a libre discusión pretender ser una contribución al esbozamiento de una teoría psico-sociológica del Estado caudillista dominicano (entendido como una dominación caudillista) en su modo de funcionamiento, sus elementos más singulares, principales funciones y de algunos rasgos culturales que lo caracterizan.

-Por teoría queremos entender un cuerpo de enunciados racionales y lógicamente concatenados que dan cuenta del comportamiento de un fenómeno o grupo de fenómenos, y susceptibles de ser comprobados con las técnicas de verificación empírica apropiadas para el objeto de conocimiento, por el observador calificado.

-Por dominación caudillista entendemos el modo de usar los recursos económicos y políticos del Estado, la forma que adquieren las relaciones del caudillo con sus huestes, el tipo de lazos que los unen y la actitud del caudillo frente a las instituciones jurídicas del país.

-Para la comprensión cabal de la dominación caudillista lo más importante es el armazón de relaciones interpersonales, la apropiación de los recursos estatales y la función económico política que el caudillo desempeña en las relaciones y conflictos de clases y en las relaciones del país con las potencias extranjeras.

-A este conjunto de variables se le llamará “la estructura del sistema caudillista” y lo consideraremos más importante, desde el punto de vista causal, que la persona misma del caudillo y su posible “magnetismo” personal para explicar el funcionamiento de su sistema.

-En este estudio se postula que la singularidad general de la organización del Estado caudillista es su naturaleza personalista y prebendalista; sus singularidades específicas son la resultante de la conjugación de la dicha cualidad singularizante y general y las particularidades históricas de los diversos regímenes caudillistas que le han ido dando fisonomía el Estado a partir de 1844.

-Las funciones generales del Estado dominicano están referidas a los procesos de movilidad vertical y de integración macrosocial. Son, por tanto, funciones de la estructura total.

-Las funciones particulares remiten a la persecución y realización de aspiraciones de las clases sociales y las personalidades individuales que se han valido de éste como vehículo apropiado; estas funciones particulares varían, por tanto, con las épocas, los diferentes regímenes y el desarrollo histórico de las pugnas interclasistas del 1844 al 1974.

De este planteamiento podemos derivar que la teoría que tratamos de formular del sistema caudillista deberá operar en tres niveles diferentes de trabajo conceptual, y que son los tres niveles en que la sociedad se manifiesta concretamente, a saber:
1) la estructura social
2) la cultura y
3) la personalidad.

Por “estructura social dominicana” entendemos las relaciones de propiedad y sus modos regionales de explotación, las relaciones económicas y políticas con el extranjero, la división en clases y las funciones que desempeña el caudillismo. En adelante, el concepto de “estructura social dominicana” que acabamos de presentar se cubrirá con el contenido de las “Dimensiones Históricas del Estado caudillista dominicano” y con el de las “Funciones Sociales del Caudillismo” que se exponen más adelante.

-Para los fines de esta exposición acentuaremos sólo aquellos aspectos de la cultura de relevancia para el estudio del sistema caudillista.

-En este contexto la palabra cultura se refiere a una actitud colectiva muy arraigada en la sociedad dominicana; y ello es la típica relación de clientela que suele tener lugar entre una persona de importancia social y otra persona de status social inferior, por lo regular en el sector de las relaciones políticas. Así mismo, la práctica de la apropiación sobrentendida de los medios de la administración pública para la realización de los fines privados escogidos por el caudillo y sus parciales.

-Por personalidad se quiere decir aquí un patrón de conducta autoritario fuertemente arraigado en el individuo y fomentado directamente por la cultura señorial de esta sociedad; igualmente la valoración que los caudillos hacen de su persona, el status que se atribuyen y demandan de la sociedad.

A propósito renunciamos aquí a una determinación conceptual más precisa del concepto “personalidad” para evitar que las legítimas disquisiciones e insatisfacciones que emanarían de las diversas concepciones de la “personalidad”, propias de las diferentes corrientes de la psicología, distraigan la atención del asunto que nos proponemos analizar.

Es decir, que este concepto incluye la auto-imagen, la propia comprensión de los hombres, principalmente de clase alta, en una cultura señorial basada en la división entre señores y servidumbre; los ideales culturales de dignidad, hombría, su misión en la historia del país, etc., etc.

La formación de una teoría de esta naturaleza conlleva un análisis de los diferentes elementos estructurales que en el pasado contribuyeron o en el presente siguen contribuyendo a determinar sus particularidades y alimentar sus funciones. Estos elementos estructurales, que podrían ser vistos como “Dimensiones históricas del caudillismo dominicano” son los siguientes y se presentan en un orden de descendente abstracción y ascendente concreción, vale decir, de lo más englobante y general a lo más inmediato de sus efectos.

1. La importancia que tuvo la política internacional de los siglos 18 y 19 en la conformación del Estado dominicano.
2. La condición de la isla de ser colonia de potencias europeas y permanecer luego supeditada al control del Imperialismo.
3. La dependencia de la economía dominicana de los centros hegemónicos de decisiones europeo-norteamericanos.
4. La importancia de la República de Haití para la constitución del Estado y el caudillismo dominicano.
5. La significación de la política exterior norteamericana para la constitución del Estado y el caudillismo dominicano.
6. Las clases sociales y sus conflictos; su importancia en el Estado y en el caudillismo dominicano.

La finalidad de este breve escrito es únicamente dar a conocer la teoría que hemos elaborado para explicar y hacer comprensible el Estado caudillista dominicano. Por eso nos limitaremos aquí a presentar los tres planos de la sociedad a los que en líneas más arriba aludimos; a saber, la estructura social, que procreó dicho Estado, y que, como dijimos, llamaremos las “dimensiones históricas del caudillismo criollo”, acompañadas de ilustraciones históricas de su importancia para una teoría del fenómeno éste que nos ocupa. A seguidas se comentan las funciones sociales del caudillismo, las cuales son parte de la estructura social dominicana. Luego se analizarán aquellos elementos culturales de relevancia para la comprensión del caudillismo. Finalmente se expondrá el concepto de “personalidad autoritaria” que sirve de base a nuestro estudio.

C) Dimensiones Históricas del Estado Dominicano
1.- La política internacional incluyendo las relaciones entre las potencias hegemónicas y el equilibrio internacional de poder que siempre ha sido de mucha importancia para los intereses dominicanos.

Así, se comienza con el análisis de la política internacional como uno de los factores decisivos de la configuración del Estado para luego venir a terminar con el estudio de la lucha de clases como la dimensión histórica más importante para explicar la dinámica de éste en el presente. El análisis de la importancia de la primera dimensión histórica implica investigar el significado de la política española, francesa e inglesa en el Caribe y sus conflictos en la misma Europa.

Incluye también señalar la importancia que la isla tenía para las metrópolis y todo lo relacionado con la influencia de esa constelación internacional de fuerza en el Estado insular* a partir del 1800. A título de ejemplos veamos algunos episodios aislados:
a) Ya en tiempos de Sánchez Ramírez, Inglaterra interviene en su favor prestándole ayuda con la explícita finalidad de sustituir a Francia en su papel de metrópolis y por cuya ayuda solicita privilegios. (Sumner Wells, pág. 55).
b) El estado de las relaciones de las potencias europeas entre sí se refleja en la isla en las alianzas que ellas hacen aquí contra alguna otra potencia, como lo hicieron contra la expansión norteamericana en el Caribe.

Más de una vez se unieron Francia, España e Inglaterra contra los planes anexionistas de los EE. UU., hechos por Báez, o Santana (Sumner Wells, pág. 161, dice, citando el “Daily Advertiser” de Kingston/Jamaica del 10 de abril de 1856):

“…Es generalmente sabido que desde hace algún tiempo los americanos ofrecieron a los dominicanos, y no hace tanto tiempo que se publicó libremente en la prensa americana, que una fuerza naval saldría para Samaná y que llegó allá… El efecto de esta revolución, si es que los americanos están realmente empeñados en ella, terminará, sin duda, de manera muy seria. Inglaterra y Francia no consentirán mansamente tales procedimientos violentos, puesto que ambas tienen tan grande interés en la conservación del equilibrio de posesión territorial en el Nuevo Mundo como están interesados en el equilibrio del poderío militar en el Viejo Mundo”.

c) En otra ocasión Francia e Inglaterra unidas apoyan al llamado “Partido de los Negros (ver Sumner Wells, pág. 154) encabezado por Báez contra Santana, a quien a la sazón se le suponía tratando con capitalistas norteamericanos.
d) Y a estas actividades de los Cónsules francés, español e inglés (1856) se debe precisamente la caída de Santana; lo que demuestra que fue un asunto de política internacional. (Sumner Wells, pág. 167).

Eso demuestra el gran poder de los cónsules europeos y la gran debilidad del Estado dominicano que todavía seguían existiendo más en el papel y el sentimiento de la población que en instituciones “objetivas” por vía de un aparato administrativo, económico y político que le confiriera realidad social a sus actos frente a la presión extranjera.

2.- La condición de colonia de la que surgió el Estado dominicano
La condición de colonia siendo el instrumento legal que sirve de mediación a las influencias de la política internacional en la isla y en la configuración del Estado dominicano.

Al analizar esta dimensión histórica hay que investigar cómo la inserción de la “economía criolla” en el régimen social español le provocó las mutilaciones que habrían de caracterizarla junto con el Estado todavía hasta un siglo más tarde. También es de relevancia para explicar la configuración del Estado cómo la administración española acuñó un estilo de trabajo que subsistiría hasta el presente.

¿Qué hubiera sido de Dominicana si en vez de España con sus vicios y su carencia de virtudes laborales y cívicas, hubiera sido Francia o Inglaterra la madre patria? El significado de la pobreza para la sociedad dominicana hay que estudiarlo en el marco de esa dimensió0n histórica.

Para romper con la estrechez o unilateralidad de ciertas explicaciones de la historia nacional a partir del 1800 es necesario evaluar el obstinamiento de Sánchez Ramírez y sus seguidores en reincorporarse a la atrasada, explotadora e ingrata corte española.

¿Tratase de factores económicos o de un movimiento ciego y natural de una parte de un organismo que tiende automáticamente a retornar a su lugar en el órgano de donde proviene? Es decir, ¿tratase de factores culturales e idiosincráticos que seguirán ejerciendo su influencia hasta en la Anexión de 1861 o de un racional interés de clase?

La correcta evaluación de los factores que llevaron a Sánchez Ramírez a la reincorporación a España es de importancia para poder comprender la obra política de Pedro Santana.

3.- La tercera categoría es la del mercado internacional, la dependencia económica, específicamente el modo como originalmente fue vinculada la economía dominicana al mercado mundial
“El segundo grupo, formado por los países exportadores de productos agrícolas tropicales, congrega a más de la mitad de la población latinoamericana. En él se incluyen Brasil, Colombia, Ecuador, América Central y el Caribe, y además ciertas regiones de México y de Venezuela. La inserción de estos países en el comercio internacional se realiza en competencia con áreas coloniales y con la región sur de Estados Unidos. El azúcar y el tabaco conservarán sus características de productos típicamente coloniales hasta fines del siglo XIX. Fue la rápida expansión de la demanda de café y cacao, a partir de mediados del siglo pasado, la que permitió a los productos tropicales desempeñar un papel dinámico en la integración de la economía latinoamericana en el comercio internacional, durante la etapa que estamos considerando. En este caso, la influencia directa de las modificaciones estructurales ocurridas en la economía inglesa es mucho menor, pues el mercado inglés continuó siendo profusamente abastecido por las regiones coloniales de mano de obra abundante y bajos salarios. Correspondió, en este caso, a Estados Unidos, y en menor escala a los países continentales europeos, el papel de centro dinámico. Los productos tropicales, si bien permitieron poblar importantes áreas, en general tuvieron escasa significación como factor de desarrollo. Por un lado, sus precios permanecieron bajo la influencia de los reducidos salarios de las regiones coloniales que los producían tradicionalmente. Por otro, dadas sus características, en general no exigieron la construcción de una importante infraestructura; por el contrario, en muchas regiones se continuaron utilizando los medios de transporte anteriores. Finalmente, al producirse en regiones incapaces de crear nuevas tecnologías, los productos tropicales tenderán a permanecer en el marco de las economías tradicionales”. (Celso Furtado: La economía latinoamericana desde la conquista ibérica hasta la revolución cubana, pág. 51).

En el estudio de esa dimensión histórica es de extraordinaria importancia investigar las condiciones bajo las cuales se instaló en el marco de la producción criolla el enclave extranjero, o sea, la empresa extranjera.

Analizando las relaciones de poder antes de la llegada del capital azucarero cubano en la década del 1870 y la estructura de dominación política que resultó del inicio del capitalismo en la sociedad dominicana, se puede ver cómo el Estado adquirió un alto grado de capacidad política y económica como nunca antes lo conocía ni lo hubiera podido tener a no ser por el nacimiento del capitalismo. Se pueden observar los cambios de estructura que adquirió el Estado al conjuro del desarrollo del capitalismo en Santo Domingo –y no sólo el Estado gobernado por Ulises Heureaux, sino el Estado a partir de 1930 y de 1966- a todo esto, sin perder su naturaleza personalista y prebendalista.



En efecto, se puede observar la gran transformación que sufrió el Estado caudillista bajo la influencia de tres fuertes oleadas del capitalismo; a saber la oleada del capital azucarero cubano, norteamericano y europeo, y la aparición de los 17 años de gobierno fuerte de Lilís, momento histórico que marca la adquisición por parte del Estado caudillista de una nueva y para el futuro de la sociedad dominicana decisiva cualidad: el Estado como empresario. De esa cualidad social surge un Estado con más poder y más compacto en sí mismo que nunca antes.

La segunda oleada del capitalismo en Santo Domingo es la llegada del capital azucarero norteamericano en la década de los años 20 de este siglo. Y de nuevo observamos que esa forma estructural estatal que comienza a desarrollarse con Lilís, o sea, el poder económico y empresarial del Estado, alcanza un alto grado de desarrollo bajo la égida de Rafael Leónidas Trujillo. En esta etapa el Estado pasa a ser el amo absoluto de la sociedad, concentrando en sí el proceso de desarrollo capitalista. La última oleada del capitalismo es la que comienza a raíz del ajusticiamiento del Dictador Trujillo y llega a su culminación momentánea en el 1974; y paralelamente a ese movimiento del capitalismo norteamericano observamos un crecimiento grandioso de dicha singularidad histórica del Estado dominicano: su capacidad económica, empresarial y militar, y, en consecuencia, la solidez económico-militar del Estado caudillista es más grande que nunca.

Terminamos de exponer esta categoría con el señalamiento de la importancia de esta dimensión histórica para la aplicación de la evolución del Estado dominicano, avanzando una crítica a la opinión de que en Dominicana siempre ha habido capitalismo desde el siglo 16 y 17.

Quien piense que el capitalismo fue dominante en Santo Domingo desde esos siglos, apoyándose en la lectura de ciertos intérpretes de la historia de los países del cono sur de América, olvida que los conceptos que orientan una investigación debe ser sometidos a una estricta operacionalización empírica; lo que implicaría definir, según indicadores empíricamente mensurales, qué se entiende por “dominante”, y también olvida que la cantidad de productos exportables, o sea, el grueso de la participación de la economía criolla en el mercado mundial, es también un criterio decisivo para determinar con precisión si el capitalismo era dominante en el teatro interno o si tenía significación para el mercado mundial.*

Esas exigencias relacionadas con la mensura de su peso específico no fueron satisfechas sino hasta finales del siglo pasado, según mi parecer.

4.- La gran importancia de la República de Haití y su legado cultural para la evolución histórica del pueblo dominicano
La etnología investiga la historia y la formación cultural de un pueblo en su relación con otros pueblos o con centros de radiación cultural, y por eso puede decirse que ningún pueblo ha seguido en su evolución social y cultural un proceso unilineal gobernado exclusivamente por fuerzas endógenas. Tampoco el pueblo dominicano.

La existencia de la República de Haití, y las relaciones habidas con el Estado y también con el pueblo dominicanos, fue un factor exógeno que desvió a estos dos últimos de su imaginaria línea directa de evolución social sobre la base de sus fuerzas internas. La historia del pueblo dominicano, su configuración cultural y la formación del Estado no se pueden explicar sin apelar al elemento haitiano.

No así en contrario. La sociedad y el Estado haitiano no han recibido de parte del pueblo y el Estado dominicano una influencia comparable con la recibida de Haití por los dominicanos. Para una teoría del caudillismo dominicano es de importancia histórica el análisis de los cambios estructurales provocados en la sociedad dominicana por las invasiones haitianas después de 1844.

Antes de esa fecha la sociedad de entonces se desenvolvía sobre la base de un equilibrio interno del peso social de cada una de sus instituciones, el cual era más o menos semejante.

Es decir, en aquello organismo social no existía institución cuya función acaparara en sus manos todas las energías de la colectividad. La importancia de cada una de ellas guardaba, con respecto a las necesidades del todo, una proporción más o menos semejante. Tal vez pueda decirse que el aparato administrativo aventajaba por una cabeza a las demás; pero esto no altera lo antes dicho. A todo esto, aquí se supone que la producción de bienes materiales es la actividad fundamental que origina o condiciona directa o indirectamente las demás instituciones.

El oleaje militar haitiano contra la estabilidad de aquel organismo social alteró esencialmente la proporción de importancia que caracterizaba hasta entonces su ordenamiento institucional.

La justa apreciación de la importancia social de estos procesos de guerra para los dominicanos exige recordar que las instituciones aglutinadoras de la vida colectiva aún no se habían consolidado lo bastante para hablar de una sociedad integrada y que ni siquiera los diversos sectores de la clase propietaria habían logrado crear consenso entre ellos acerca de lo que debería ser el mecanismo legítimo para el uso del poder ni la idea de la dominicanidad había descendido de la élite económica y cultural hasta la mayoría numérica de la sociedad.

En esas circunstancias, los esfuerzos bélicos dominicanos significan la contribución que aquel organismo hacía su propia supervivencia, y en esas circunstancias sociales es que la actividad bélica, al institucionalizarse, deviene una función “Estratégica” para la supervivencia de aquella sociedad y con ello el súper-desarrollo de una institución que hasta entonces o no existía o penas se mantenía a la altura de las demás.

Nos referimos a la organización armada del Estado que luego se llamaría “el ejército”. Este proceso de cambio social es lo que explica el advenimiento y el todopoder de Pedro Santana y sus seguidores. Es en ese proceso donde está la causa de la necesidad social de que el grupo de Pedro Santana alcanzara el poder y de por qué éste devino verdaderamente el “Salvador y Libertador de la Patria”.

No debe olvidarse que Santana era uno de los pocos hacendados con experiencia militar y que poseía, además, recursos económicos y financieros para cubrir los gastos de la guerra.*

Para la clase dominante, las invasiones haitianas no sólo significaban una amenaza económica sino también cultural; ya que los valores de la hispanidad y la creencia subjetiva de que los dominicanos de clase alta eran todos racialmente diferentes a los haitianos y de que la raza blanca debía ser considerada de mayor valor que la otra, eran algunos de los elementos más importantes de la cultura de dicha clase a la que creían amenazada por la cultura de los invasores.

Un efecto adicional y no esperado de los esfuerzos bélicos dominicanos es la consolidación de la idea de la Dominicanidad al extenderse ésta desde los grupos prominentes a las clases serviles y desposeídas. En efecto, no hay hasta ahora evidencias de que la idea de la Dominicanidad en el 1844 fuera ya patrimonio de todos los dominicanos y no solamente de un círculo reducido. Pero al tener que movilizar a toda la población masculina en edad de pelear, incluso coercitivamente, y enfrentaría al Haitiano, la idea de la Dominicanidad penetró en esos sectores de la población como la contra-cultura a la idea de la haitianización; y con la extensión de la idea de la Dominicanidad a todas las clases sociales es cuando se integró políticamente el nuevo Estado dominicano.

5.- La grandísima significación histórica de la política exterior estadounidense, o sea, la gravitación imperialista norteamericana, incluyendo el estudio de la evolución del capitalismo norteamericano como sistema económico internacional. Concretamente, investigar qué importancia han tenido sus diferentes fases (capitalismo industrial de competencia perfecta y capitalismo monopólico) en la economía nacional y en las relaciones internas de dominación.

6.- las contradicciones y luchas internas de las clases y grupos sociales
Hasta ahora se han venido exponiendo las dimensiones históricas aisladamente; pero en la evolución histórica llega un momento en que uno las ve a todas desarrollarse en conjunto y hacer sentir sus efectos en cooperación, como sucede en nuestros días cuando las principales dimensiones históricas del Estado dominicano parecen unirse de manos para actuar mejor. Y eso se observa al estudiar la categoría de las contradicciones y luchas de las clases en su etapa última que es el presente. Dividimos el estudio del desarrollo histórico de esta variable en tres fases que son:
a) las evolución de esas clases desde 1844 hasta el 1960;
b) la administración de Balaguer y sus particularidades políticas y económicas así como la estructura clasista sobre la que ésta se superpuso. Con especial consideración a la importancia de la lucha de clases opuestas para el desarrollo del Estado caudillista entre 1961 y 1974.

Para conocer cómo se ha configurado el Estado dominicano a raíz de la Independencia es conveniente tener presente cuáles clases (o sus sectores) protagonizan los hechos del 1844. La representación de la clase gran-propietaria la ostentaban Pedro Santana, representante de las provincias del Este, y Bobadilla por las del Sur. El grupo de Juan Pablo Duarte representaba, ante todo, el ideal panamericano que se extendía por toda la tierra firme desde 1810.

El hecho político de 1844 devino un factor importante para la estabilidad del orden de la propiedad.

Para aquellas relaciones de propiedad y sus representantes políticos no era lo mismo que el nuevo Estado quedara en manos del grupo de Duarte que en las de Pedro Santana. Y como en la pugna entre maestro y aprendiz el maestro permanece siendo maestro, vemos cómo vence la fuerza que tenía las mayores posibilidades de imponerse en esa constelación política.

La estructura clasista que funge como teatro de los acontecimientos del 44 permanece relativamente estable hasta los años 80 en los que el capital azucarero impulsa la aparición de una incipiente burguesía industrial. Aunque hasta 1930 la estructura clasista ya se ha alterado fundamentalmente, para el estudio de la importancia del desarrollo de esta forma estructural para el Estado dominicano, o sea, la estructura de clases, la fase de mayor significación es la que se inicia después del ajusticiamiento del Dictador Trujillo, cuando la pugna clasista de relevancia estatal deja de tener lugar dentro de los límites de una misma clase y pasa a ser una pugna de clases opuestas.

D) Las Funciones Sociales del Caudillismo

1.- El sistema de clientelas políticas como vehículo de movilidad social
Al fin de hacer más comprensible nuestra opinión acerca de las funciones sociales del sistema político llamado “caudillismo” partiremos, para los fines de esta presentación, de los supuestos teóricos más elementales subyacentes a la interpretación que ofrecemos. Partimos de la convicción teórica de que, con excepción de los sistemas sociales simples (sociedades tribales), en todos los tipos de organización social compleja conocidos hasta hoy, los procesos de movilidad vertical adquieren el carácter de una “ley social” inherente a la estructura misma. Se trataría, entonces, de determinar cuáles condiciones e instituciones sociales facilitan o dificultan su realización allí donde esta tendencia legislativa busca su manifestación. Aproximadamente el año 1950 señala el borde final de una época en que los principales y más eficaces vehículos de movilidad vertical de la sociedad dominicana lo constituían la gran propiedad territorial, la empresa comercial o industrial de cierta envergadura, la educación literaria, el linaje y la Iglesia. De entre las condiciones de género vario que adicionalmente a los vehículos indicados debía poseerse para obtener aceptación en los círculos selectos recordaremos una: la apreciación positiva que de la constitución racial del individuo debía hacer la “sociedad”, por lo menos la opinión de la clase alta como sinónimo de la opinión de la “sociedad”. Concretamente, ser considerado de piel blanca era otra condición necesaria para recibir la estima social. En los círculos de clase alta este valor social tenía mucho mayor vigencia que en la clase media. Después de esa fecha los canales de movilidad vertical se ensancharon. Y antes de ella, mientras más nos alejamos en dirección al inicio del siglo 19, aquellos se angostan. Sin duda alguna que el disfrute de estos vehículos de movilidad remiten a una clase social determinada: la clase alta. Para las clases bajas, empobrecidas y de pigmentación somática oscura, la estructura social no había previsto vehículos de movilidad vertical que no fueran los que ofrecía el sistema política del caudillismo en medio de la pobreza general de una sociedad ordenada culturalmente según los patrones de las aristocracias, con “gente de primera” y “gente de segunda” y con aquella rígida escala de categorías raciales que contribuía funcionalmente a la eficacia de la selección y de la distancia sociales, a saber:
blanco (real o socialmente blanco)
trigueño
indio
mulato
pardo
y negro.

Y con su división en “señores” y “servidumbre”, etc. etc.
Tengamos presente otro factor que agravó la dependencia de la mayoría de la población de los recursos estatales. Este es las permanentes oleadas de pobreza solemne y miseria que solían envolver periódicamente aquel organismo social. Aún más, los cronistas e historiadores coinciden todos en señalar que la precariedad de las condiciones materiales de vida, tal vez con excepción del siglo 18, ha sido una constante de la historia del pueblo dominicano y cuyas consecuencias antropológicas, económicas y políticas no han sido todavía investigadas exhaustivamente.

En las condiciones de aquella constelación social para las clases baja y media, la organización militar del Estado (“el ejército”) y la administración pública eran, si no los únicos, por lo menos los principales medios de movilidad vertical.

Para la servidumbre, los asalariados, artesanos y propietarios de pequeñas unidades de producción para el trueque o la venta directa, la organización armada del Estado era prácticamente la única vía de ascensión y seguridad sociales.

Estos grupos de oficios podían hallar en el “ejército” la posibilidad de una existencia “segura” en la inestabilidad que caracteriza las instituciones sociales de entonces. Y de ese modo eran también implicados en el sistema clientelista de los líderes de aquella organización de armas que luego devino en ejército de la nación.

Este hecho posee gran importancia para la explicación de la permanencia en el tiempo y la honda penetración en el seno de la sociedad dominicana de esa institución; a saber, la satisfacción de una necesidad funcional del sistema social.

Podría afirmarse que en esas condiciones sociales el sistema clientelista devino una válvula de escape que descargaba las tensiones provocadas por la angostura de las posibilidades vitales.

A través de ese mecanismo fueron promovidos muchos “hombres de origen humilde” a posiciones elevadas tanto en el Estado como en la economía.

Al grupo de los promovidos pertenecían muchos caudillos y caciques regionales junto con sus colaboradores más cercanos, de los cuales las personas de Ulises Heureaux y Rafael Trujillo representan solamente los casos más notables. No debe perderse de vista que también gracias a esa noria caudillista se acumularon cuantiosas fortunas que, al conjuro de la evolución del capitalismo criollo, se trocaron en grandes inversiones industriales o comerciales; y que los acumuladores, cuyas vidas y ocupaciones privadas, así como el modo como adquirieron sus fortunas no debe ser objeto de atención por ahora, devinieron “honorables” de las sociedades de Santo Domingo y Santiago de los Caballeros, ya que, a su vez, tanto Trujillo como Lilís promovieron un considerable número de “gente de segunda” a posiciones de capitanía industrial y comercial.

Otro indicador de esta función es la permanente búsqueda de “un empleo en el gobierno” que desde la fundación de la República hasta el presente, aunque con decreciente intensidad al expandirse la economía nacional, caracteriza la dependencia vital de grandes capas del pueblo dominicano con respecto al Estado. De la época de Pedro Santana proviene un documento que ilustra nuestra afirmación. Se trata de una poetisa, ferviente admiradora del Caudillo, que había sido agraviada por los enemigos de aquél, y que, al redactar el informe del atropello de que fue objeto, aclara que no desea ningún empleo en el Gobierno de Jiménez como compensación. (Ver Papeles de Santana; Roma 1952, pág. 103). Obsérvese la significación vital de “un empleo en el gobierno” cuando se le puede usar como medio de desagravio, o su equivalente, a un atropello por causas políticas. Del siglo pasado proviene igualmente esta expresión popular: “como no tenía dinero tuvo que echarle mano a la política”. (Ibid., pág. 239). Finalmente hay un pasaje literario de Luperón que expresa plásticamente nuestra tesis: “Del cortejo de los hombres que en la República Dominicana han salido de la clase pobre y laboriosa y se han distinguido en varias sendas de la vía”. (Ver G. Luperón: Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos; tomo 1, pág. 88). Después de 1950 la sociedad dominicana experimentada innovaciones en su organización económica que ampliarán las posibilidades y los medios de movilidad social vertical.

A semejanza de un proceso de descendencia genealógica linear, del vientre del capitalismo criollo y de la inversión extranjera emanan las condiciones que hicieron posible el desarrollo de ciertas variables que en las condiciones de la constelación social de entonces permanecían en los límites de un estadio elemental de evolución. En efecto, la expansión de la educación superior y técnica hasta las capas inferiores de la clase media promovió a un sector cada vez más amplio de la sociedad a las profesiones liberales y oficios técnicos. Junto con aquella variable y en consonancia con las características del “capitalismo comercial” (Barán) dominicano, otra variable alcanza un estadio óptimo de evolución: la actividad comercial y la especulativa-usuraria que sirve de medio de ascenso a un considerable número de personas de diferente extracción social.

Estas innovaciones contribuyen a descargar la institución del clientelismo caudillista de su papel de principal vehículo de movilidad social sin que por esto la noria caudillista pierda la función que la ha ayudado a permanecer en el tiempo, como se deduce de un análisis de las características de los regímenes de Trujillo y Balaguer. Acerca de esto, hablan con empírica elocuencia los fenómenos del generalato trujillista y el coronelato balaguerista.* Este enunciado debe ser bien entendido y los datos empíricos en torno a esa movilidad mejor interpretados aún. No deben ser entendidos en senido de que el Estado dominicano es el único “individuo histórico” que en virtud de su constitución caudillista promueve, ora en su sector político-administrativo, ora en el sector militar, a ciertos grupos de personas desde condiciones de vida precarias hasta situaciones de prosperidad.

En realidad este fenómeno no representa el momento más importante de la función que analizamos. La interpretación correcta de estos datos debería sintetizarse en un enunciado que al formularse rece más bien del siguiente modo: que sin el amparo del clientelismo caudillista y abandonado a sus propios recursos personales (educación, capacidad y destrezas técnicas, etc.), frente a las posibilidades de movilidad que aquella constelación social ofrecía, ese grupo de promovidos no hubiese obtenido los beneficios que efectivamente ha alcanzado.

2.- La función de integración política de la sociedad dominicana
Para los fines de una óptima comprensión de la función asumida por el caudillismo de integrar la sociedad dominicana en su dimensión política, e igualmente con la finalidad de lograr un mínimo de comprensión entre el autor de las opiniones aquí vertidas y el lector, nos valdremos de un recurso heurístico, aunque más adelante como es usual en el empleo de tales recursos metódicos, los principios filosóficos sean sometidos a una revisión. Partiremos de la convicción filosófica de origen dialéctico de que tanto en la naturaleza como en la sociedad actúan fuerzas centrífugas y centrípetas. Daremos así mismo por sentado la vigencia del principio vitalista de la autoregulación de la vida natural y de la vida histórica. La ley del equilibrio espontáneo armoniza fuerzas contrarias y compensa deficiencias; así, la función ejecutada por una mano que se amputa es asumida por la otra mano. Es por eso que la ley de la integración es la respuesta espontánea de la vida a las fuerzas de la desintegración, autopreservándose de esa manera del caos o la muerte. Es sabido que las naciones europeas y del Norte de América aglutinaron, para hacer posible la vida en comunión y evitar el caos, a la población en un sistema de acciones sociales de orden político creando con ello consenso “colectivo” (por lo menos consenso entre las clases y grupos sociales que definían las normas de acción política en función de la propiedad y aquellas clases medias que serían integradas más tarde al sistema legal de dominación) con respecto a la organización de la res pública; es decir, a la democracia parlamentaria y, en general, a los principios del liberalismo cupo la función de integrar políticamente en la sociedad de clases a toda la población.

La jerarquía de papeles de autoridad aceptada por la población constituye el sistema político legítimo de aquellas sociedades. También es sabido que ese orden constitucional fue “mutatis-mutandis” trasplantado a Santo Domingo sin que, en cambio, las relaciones sociales, económicas y políticas que estructuraban la sociedad colonial y postcolonial le permitieran jamás echar raíces en suelo dominicano.

Poe so, debido a la ausencia en la sociedad postcolonial de una escala jerárquica de papeles sociales de autoridad ordenados institucionalmente, es decir, debido a que no pudo cuajar un sistema de atribuciones de (co) mando que hubiera facilitado una integración política estable a escala nacional, la sociedad dominicana no pudo apelar para su autoregulación y preservarse del caos a los deberes morales que generalmente conllevan tales papeles de autoridad social cuando son internalizados colectivamente; sino más bien, y al contrario de lo anterior, apeló a la orientación personalista del tipo de relaciones sociales propia del caudillismo: En lugar de la constitución y las leyes, apeló a la fidelidad a la persona de caudillo y las relaciones de corte clientelistas como regulador institucionalizado del sistema de acciones políticas.

En esto consiste la función de integración de la sociedad dominicana que reviste el sistema caudillista. En un sistema social carente de una jerarquía impersonal de autoridades legítimas codificadas objetiva y racionalmente, haber sido la única base legítimamente, es decir colectivamente, reconocida e internalizada de la regulación de las relaciones políticas, independientemente de si los actores sociales proclaman públicamente esta aceptación o si sólo la reconocen en privado. El caudillismo es la verdadera constitución política de la sociedad dominicana.

L A C U L T U R A

(Elementos culturales relevantes para la comprensión del Caudillismo)

1.- El clientelismo político
El sistema de clientelas políticas designa la inveterada práctica social que suele relacionar personas de diferentes posiciones dentro de la organización política, militar o económica del país.

Esta relación tiene como principal característica las prestaciones de servicios que la persona socialmente superior espera o exige de su cliente, o sea, de la persona que ocupa un status subordinado o de menor jerarquía.

A cambio de esas prestaciones por parte del cliente, el patrón (de ahí: patronazgo) se considera obligado a retribuirle con su protección financiera, social, política y militar, etc. etc. El clientelismo como conducta de la facción caudillista es el complemento necesario de la actitud del caudillo. Este posee un aspecto funcional, a saber, que puede ser visto como una ideología de ascensión social para uso de la facción, pues los honores y pleitesía rendidos al caudillo tienen por objeto comprometerlo con su papel de benefactor y con la “bondad” que sus parciales le han atribuido.

Su esencia se funda en una especie de “derecho subjetivo”, en la por la tradición legitimada expectativa de gratificación en caso de servicios prestados. Aunque esa regulación subjetiva velada porque la mentada expectativa no dejará de ser satisfecha por parte del caudillo, mediante la inserción en la interacción caudillista de determinados mecanismos de sanciones, como por ejemplo el repudio colectivo o el descrédito público de la “generosidad”, la hombría, y, eventualmente la “dignidad” del caudillo; en el caudillismo dominicano ésta no llegó a convertirse nunca en derecho positivo. Lo que hizo fue cubrir el clientelismo con el ropaje jurídico de la constitución. Y el hecho que en aquel ambiente cultural la “dignidad” o la vergüenza del faccioso era vista en relación a si éste le era fiel a su caudillo o no, es otro momento estructural del caudillismo dominicano que adquiría también la función de contribuir a su consolidación social y permanencia en el tiempo.


2.- La apropiación de los medios de administración pública
Más arriba se mencionó este fenómeno. Allí se dijo que ésta era una conducta típica de los parciales del caudillo y del caudillo también, para los que la apropiación tiene lugar no como un hurto practicado en contra de las prescripciones morales del propio grupo y de la sociedad, sino como una conducta muy internalizada y sobreentendida que no causa fricciones intragrupales ni tampoco en la “conciencia moral” del faccioso. Aunque en el caudillismo contemporáneo de 1974 la apropiación de los medios de la administración pública, vale decir, la no-separación entre la propiedad personal y la pública, se practica evitando en lo posible que las informaciones o denuncias sobre el dolo lleguen hasta los órganos de comunicación colectiva pública con pruebas contundentes, no por eso considera la facción caudillista que ha cometido algo “deshonroso” que lesiona la moral social o su “moral personal”.*

Dentro de los medios de administración pública se incluyen, ante todo, el erario, el manejo del fisco en general, principalmente las aduanas, las propiedades del Estado, las construcciones públicas, el nombramiento para cargos públicos, etc. etc. Al tratar el asunto de la apropiación más o menos sobreentendida de los medios de administración pública estamos frente a una característica esencial del sistema político del caudillismo. En realidad ésta es su “conditio sine qua non”; …a nosotros no nos es conocida ninguna dominación caudillista que no haya dispuesto a discreción, para fines de la propia escogencia del caudillo y sus facciosos, del erario y las propiedades del Estado. Y si alguna vez surgiese un cadillo considerado en su medio social como “honesto”, habría entonces que estudiar detenidamente la actitud de la facción caudillista hacia la cosa pública para poder determinar con exactitud si esa esencial característica definitoria se observa en la dominación caudillista en cuestión o no. De ningún modo se debe limitar la investigación a la conducta particular del caudillo, pues, no es del todo seguro si en la instauración de tal sistema político la personalidad del caudillo debe considerarse como causa o si no serán más bien las condiciones sociales y culturales que convierten a una persona cualquiera en un caudillo, en la medida que la proveen de una facción de parciales y una conciencia adecuada a la realidad de esa constelación social. Con un trasfondo socio-cultural semejante puede suceder fácilmente que en cierto momento la figura física del caudillo “todavía” no está ahí pero su sombra y espíritu se ciernen ya sobre todo ámbito de la sociedad.

F) La Personalidad Autoritaria de los Caudillos Dominicanos*
A partir de la observación de sus aspectos más dominantes, la organización de la personalidad de los grandes caudillos dominicanos, desde Pedro Santana hasta Joaquín Balaguer, pasando por Luperón, Ulises Heureaux y Rafael Trujillo, podría describirse señalando el carácter rígido que acusa con marcadas tendencias represivas, y con un pensamiento culturalmente estereotipado que fortalece la aversión o el miedo a un análisis interno. Este estereotipo se refiere a las propias opiniones (o a las del grupo de referencias más inmediato) sobre la sociedad, la cultura, moral, familia, las costumbres y el Estado, que son percibidos como sacrosantos e inmutables. En caso de ideas y actitudes alejadas de la tradición y las costumbres, suscitadoras de inseguridad y temor, se suele reaccionar condenatoria y punitivamente. Esta rigidez de su organización propicia una marcada disposición a preferir las formas culturales represivas y conduce a una identificación con la autoridad y a su idealización. Se le profesa gran estima a las formas jurídicas, religiosas y morales más por su contenido represivo y conservador que por otros considerandos axiológicos.

Las relaciones interpersonales son medidas en función del poder y el status de los sujetos, y se ridiculiza o se juzga despectivamente el comportamiento percibido como “débil”, “tierno”, etc. etc., considerándolo “indigno”, y las diferencias de opinión suelen dirimirse con la fuerza.

El poder y la fuerza se admiran por sí mismos. Elementos importantes de esta constelación psico-social son:
1. Los ideales de “honor”, “dignidad”* y “hombría”, que en la vida emocional de los caudillos asumen un valor de motivación de la propia conducta y por lo cual una sociología de la cultura dominicana no podrá ignorarlos, y
2. La convicción de tener “una misión” que cumplir en la historia del país. De este substrato cultural surge la imagen que de sí mismos han pulido los grandes caudillos. Una relación hacia el propio yo que para la comprensión sociológica de la historia política criolla adquiere incalculable importancia cultural y que nosotros, a falta de un concepto acuñado previamente por la investigación que nos precede, denominaremos técnicamente “la autocomprensión heroica de los caudillos”.

En adelante haremos abstracción de la atadura o condicionalidad clasista de estas formas de conciencia política para intentar analizar estas manifestaciones superestructurales en sus propios elementos constitutivos y en sus raíces históricas y culturales.

Para ilustrar la tesis que exponemos permítasenos echar un vistazo caleidoscópico sobre algunos trozos de documentos y declaraciones pertinentes a la vida de los caudillos del siglo pasado y de este también, que nos indican de qué modo se manifiesta concreta y empíricamente la comprensión que tienen de su persona y el credo que profesan de su papel en la historia.

I) Pedro Santana
He aquí un boceto de retrato de Pedro Santana hecho por las autoridades españolas durante el período de anexión:

“Los que tengan idea del carácter enérgico y dominante del General Santana desarrollado por la práctica del mando supremo sin más límite que los que se impone a si misma la dictadura”. (Ver Papeles del General Santana, Roma 1952, pág. 32).

“Porque a todos los creía inferiores a él y a nadie respetaba”. (Ibid., pág. 31).

“Tiene autoridad ilimitada sobre sus soldados (…) y les impone respeto con el aire de autoridad de que le ha dotado la naturaleza.” (Ibia., pág. 30).
“Tenía (…) carácter enérgico, puesto al servicio de una naturaleza ruda y violenta. En condiciones tales era poco menos que imposible sostener su situación subalterna”. (Pág. 35).

Un admirador y adversario político dice de él que:
“Como hombre moral y honrado ninguno ha podido serlo más que él (…) La democracia lo asustaba (…) Para él la verdadera política consistía en la autocracia y el despotismo fue su cetro (…) Severo en los castigos y estricto en la observancia de las leyes”. (Gregorio Luperón. Notas autobiográficas y Apuntes históricos; 2da. edición, pág. 88, tomo 1).

Una lectura atenta del “Testamento” arroja luces sobre rasgos caracterológicos de Santana que la futura investigación sociológica habrá de relacionar con sus actos políticos y que también hallará en otros caudillos al remontar el siglo, rasgos que también creerá descubrir en la conducta de un Rafael Trujillo y en otros caudillos posteriores a éste.

a) Este documento revela al fuerte vínculo familiar que existía entre Santana y sus parientes e incluso, entre él y otras personas bajo su protección. Llama la atención el papel de padre protector y amante asumido por el Caudillo frente a sus hermanos y demás protegidos. Su actitud paternalista de tutor bienhechor se expresa en los motivos que tiene para repartir sus pertenencias entre sus parientes y allegados: “Por el cariño que les tengo”. (Ibid., pág. 110, 115) Típicas expresiones de Santana eran: “Sobre mí no influye nadie” y “yo quiero gobernar en familia”. (Ver Santana y los Poetas de su Tiempo; ed.: Emilio Rodríguez D.; Santo Domingo, 1969, pág. 58, 59).
b) Un detalle aparentemente accidental y nimio, pero de relevancia teórica para el punto de vista psicosocial en la teoría de la personalidad, * es la vida amorosa y la atadura maternal del gran Caudillo. Es decir, la importancia de la figura materna en su vida emocional.

Como se desprende de la patética oración que leyera en ocasión del retorno a su pueblo el 20 de diciembre de 1846, fecha en la que a la “providencia” plugo dejarle visitar su “suelo predilecto”, entre todos los recuerdos que el Seybo le arranca del corazón, “después de una larga ausencia”, hay uno que lo “angustia continuamente y que (lo) acompañará hasta el sepulcro”. Ese es el recuerdo del hogar paterno y de su hermano Ramón a quien lo ataban, como también estaba atado a “aquella que me dio el ser”, lazos indisolubles, según lo atestigua la investigación historiográfica sobre la vida familiar de Santana. Debe observarse algo que sutilmente se desliza desde el alma del gran Caudillo hasta la proclama que lee en la plaza de la villa, y ello es que para Santana la circunstancia de tener que venir a consolar a la madre que ha perdido a su hijo significa una conmoción tan grande como “los peligros y combates sin cuenta y sacrificios de toda especie” que había previsto al hacerse cargo de las responsabilidades militares que había contraído con el recién nacido Estado dominicano a través de Juan Pablo Duarte:
“Combates y peligros sin cuenta, sacrificios de toda especie preveía al separarme de mi hogar doméstico, pero jamás pensé que podría llegar el caso de tener que presentarme ante aquella que me dio el ser, solo, y para consolarla de la pérdida del compañero de mi infancia, del amigo que me dio la naturaleza, de mi caro Ramón Santana”. (Pedro Santana: Proclama a los habitantes del Seybo, 20 de dic. de de 1846; en: Documentos para la Historia de la República Dominicana; vol. 1, pág. 106. Editora Montalvo, Ciudad Trujillo 1944).

Paralelamente al autoritarismo heredado de su padre y paradigma, don Pedro Santana, el Caudillo revela en su “Testamento” cuanta devoción filial sentía hacia las mujeres de su contorno. Hacia éstas adopta un comportamiento que parece una haz de ternura filial y bondad paternal a la vez. Un dato importante es el siguiente: Santana casó dos veces con dos mujeres mayores en edad que él y que también habían perdido a sus esposos.

c) La actitud paternal hacia los subordinados y la veneración filial hacia las mujeres no parecen ser disposiciones anímicas que en la personalidad autoritaria excluyan la vigencia de sus contrarias, Crueldad y hasta sadismo demuestra la manera en que hacía ejecutar o torturar a las personas que consideraba sus “enemigos”.

Entre los muchos hechos de sangre de ribetes sádicos que por celos políticos cometió Satana véanse, entre otros, el fusilamiento de María Trinidad Sánchez y el del hijo de Duvergé haciéndole creer, como venganza por la rebelión de aquél, que perdonaría la vida de su esposo y de su hijo. Luego se complació en obligar al padre a presenciar el sacrificio de su hijo. El lector informado estará inclinado a ver aquí una paralela no sólo entre Santana y Trujillo sino también entre estos dos dictadores y otros dictadores europeos de mediados de siglo y con una estructura caracterológica semejante en lo fundamental.*

Terminamos este ensayo de pincelada caracterológica de Pedro Santana recordando que el decreto del 18 de enero del 1845 equipara los escándalos contra la moral pública, la perturbación de los actos religiosos y las ofensas a los ministros del culto con los crímenes contra la seguridad del Estado.

El portavoz de Santana, Bobadilla, tenía por lema la siguiente frase:
“Sin leyes no hay costumbres, sin costumbres no hay orden, sin orden no hay sociedad”. (Ver Santana y los Poetas de su Tiempo; pág. 50).

El historiógrafo Emilio Rodríguez Demorizi, poseso por el entusiasmo por la responsabilidad de Pedro Santana, al que ve como estadista responsable y honesto, y que lo pone, por eso, en contraposición a lo que acontece hoy día en el país, como ejemplo de tales virtudes, dice de él lo siguiente:

“Detesta el vicio, y el ocio y no cesa de proclamar como un dogma: os he ofrecido en todos tiempos protección al trabajo y a la honradez, guerra al crimen, a los vicios y a la ociosidad. No asesina ni nadie asesina en su nombre; no roba ni nadie roba en su nombre; ni desde el poder mira el robo y el asesinato ajenos de soslayo. Su voluntad, despótica pero bien inspirada. Imponerse, como se ha impuesto, implica alguna virtud, que hasta en la fuerza hay virtud cuando la ejerce un hombre honrado, y él lo es cabalmente. Sus excesos, propios de su naturaleza selvática, de ira fácilmente transmutada en actos de dureza, rayana en crueldad frente a alguna transgresión de la ley, radican precisamente en una virtud: en su irrestricto apego, de inexorable inquisidor, al orden y a la ley. Por ello afirma que su gobierno es un gobierno legal tan distante del despotismo como de la debilidad. Sus drásticas disposiciones no son para su predominio en el poder, sino para el mantenimiento del orden”. (Ver Santana y los Poetas de su Tiempo; pág. 5) Pedro Santana fue pordador de los títulos: “Salvador de la Patria” y “Libertador de la República”.

2) Gregorio Luperón
Luperón escribió sobre sí mismo:
“Jamás hombre alguno ha tenido más poder sobre sí mismo, más firmeza en su voluntad, ni más decisión en sus propósitos que él mismo, quien se tenía por algo más que un héroe de la historia criolla.” (V. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos; 2da. edición, tomo 1, pág. 88).

“Su rasgo más característico es el haberse formado por sí mismo, siendo lo que es en la historia de la República Dominicana, debido a su voluntad inquebrantable.” (Ibid.).

“Desde niño tenía que trabajar sin descanso para ayudar a llenar las necesidades diarias de la familia …Sus hermanas eran muy trabajadoras, planchaban, hacían pan, dulces y vendían frutas.”.
“La exigüedad de los medios de vida en su casa no le permitía asistir a la escuela.” (Ibid., pág. 89).

Y acerca de su misión en la historia:
“Yo veo delante de mí un sendero largo, oscuro y penoso. Pero él conduce al cumplimiento de un deber sagrado: la Revolución.”

“Si sucumbo en ella, lo que es muy probable, moriré por lo menos honradamente en defensa de nuestra cara patria. Si acabo mi tarea, tendré el reconocimiento de mis amigos, de mis compatriotas y la aprobación de mi conciencia.” (Ibid., pág. 90).

Según refiere Hoetink, Luperón se habría negado a implementar un levantamiento contra el Gobierno de turno: “Porque no me justifico ante al país ni ante la historia.”*

3) El caudillo Ulises Heureaux, promovido a las más altas posiciones militares y políticas del Estado Dominicano por los canales del clientelismo caudillista, reconocía sin ambages sus necesidades de heroicidad:
“Necesito nombre y gloria, y en pos de ellas van constantemente mis aspiraciones,” (Ver Cartas del Presidente Heureaux; AGN, 30-9-87; citado por Hoetink, pág. 208).

Aunque esa breve expresión de hondo contenido psico-social salió de la boca de Ulises Heureaux, ella traduce no ya la actitud de un hombre particular ante el espejo que es la cultura política del Estado dominicano, sino más bien el talante anímico de todos los grandes caudillos de nuestra historia. Y todos ellos, ya sean los del 1854 o los del 1974, que al mirarse en el mismo espejo han mostrado agrado con lo que en éste vieron, inscribirían gustosamente esa misma expresión en su blasón partidista.

Prosigamos con Lilís, no sin antes advertir que esa expresión es parte de una misiva a un hombre unido a aquél por la misma constitución mental en asuntos políticos: Gregorio Luperón, su maestro, amigo y protector.

“He considerado siempre que la misión particular que me está reservada por el destino…” (Cargas del Presidente Heureaux; AGN, 9-12-92; citado por Hoetink, pág. 210).

Y después de Lílis vino Trujillo, su más legítimo sucesor espiritual y de cuya autocomprensión no es necesario hablar.

Este estudio nuestro busca resaltar, a pesar de los grandes cambios sociales habidos desde la fundación de la República hasta nuestros días, la continuidad genealógica de determinadas actitudes políticas adoptadas por los más conspicuos caudillos criollos, es decir, de la permanencia de determinados elementos culturales en el Estado Dominicano. Por supuesto, en la cultura y en el Estado de la Clase económica y políticamente dominante. Parodiando el libro del Génesis, podemos decir que, históricamente, del vientre de la cultura política salió Pedro Santana, y que del “muslo” de Pedro Santana salió Luperón, y Luperón engendró a Lilís, y Lilís engendró a Trujillo, y del vientre de Trujillo salió Joaquín Balaguer, el cual, comentando el método de gobierno de su genitor, decía en 1955:

“El asombroso éxito que ha logrado con sus sistemas de gobierno de su propia invención, ya que no son solamente el fruto de un genio de estadista sino también de su profundo y veraz conocimiento de la historia dominicana, ha contribuido singularmente a la incorporación de tales normas a la vida nacional en forma definitiva. Sería difícil que los sucesores de Trujillo en la dirección de la vida nacional puedan apartarse en el futuro de los métodos políticos y de los principios de administración que el gran gobernante ha creado.” (Ver Joaquín Balaguer: El pensamiento vivo de Trujillo; prólogo. Colección La Era de Trujillo; Ciudad Trujillo 1955, pág. 10).

Y así se cumplió. Los sucesores de Trujillo en la dirección de la vida nacional no se apartaron de los métodos políticos y de los principios de administración que el “gran gobernante” creó de su propia invención, y que también fueron incorporados singularmente a la técnica de la dominación del pueblo dominicano.